torsdag, september 26, 2013

Oppfølgingstjenesten


Cuando tu estancia en el hospital mental sobrepasa un semestre, no sucede simplemente te suelta el psiquiatra con prescripción lista y en mano, bajo la bendición del psicólogo y la venia de los enfermeros, no. 

Te asignan una persona encargada de “seguirte” para completar el trabajo. A esa persona le llaman oppfølgingstjenesten o algo así como el servicio del seguimiento (un follow up) y en tus días de paranoia puedes llegar a creer que de verdad te están siguiendo y te parece ver a esta persona en todos lados y  evitas contarle mucho sobre ti; aunque luego hay días soleados y aceptas en salir a tomar café con ella y le cuentas que a veces te da por llorar porque es otoño, pero que ya no necesitas tantas pastillas, ya no las quieres tomar.

En realidad, creo que no necesito que nadie me siga ni me cuide. Me cuida mi gato y me sigue la secuencia que guardo de los días registrados en distintos lugares, no puedo escapar de ellos aunque los adormezca, están siempre ahí, los diarios, el calendario, el Facebook y hasta las facturas. Me siguen las fotos, la música, las películas, todo es una continuación desde que salí del hospital.

A pesar de que ya hace meses que dejé el hospital, Laila es la asignada para seguirme y me sigue hasta ahora con sus ojos azules y bien abiertos. A veces la llamo y le digo que no es necesario que me siga, entonces no la veo por varias semanas, pero sucede que otras veces le envío un mensaje diciéndole “Cómo estás? Estás muy ocupada esta semana?” y es cuando Laila intuye que es posible que me esté yendo a la mierda en ese mismo momento y me contesta de inmediato, me pone un smiley y hacemos una cita.

Laila viene a mi casa y siempre me sonríe, me abraza. Yo le tengo cariño a pesar de que mire el piso de mi departamento que a veces brilla, pero hoy lo vio con manchas de pintura. Supongo que lo anota en su reporte: manchas de pintura, pelo de gato, olor a limpio, ropa lavada, botellas vacías imagino que anota todo lo que ve en cada visita.

Cuando el otoño empieza a retorcerme, le digo que es mejor que nos encontremos afuera y me encuentro con Laila en cualquier parte, en un parque, un café o en la parada de algún autobús que no he logrado tomar.

Lo que me resulta curioso es que Laila tiene a cargo a varios pacientes psiquiátricos a quienes ayuda y hasta defiende y sin embargo, cree en extraterrestres, en las energías del universo, en los cristales y en los shamanes. Yo le digo que estar sin pastillas a veces se siente bien, pero cuando se siente mal se siente malísimo y lo peor es que te dan ganas de comer mucha azúcar. Ella me dice que hay cuarzos que te dan balance y que la meditación ayuda.

Creo que es mejor que me suba la dosis de cuarzos de colores a que me induzca a subir las dosis en miligramos que me da el médico con santo y sello.

Laila me dijo hace poco que cree que el viento de otoño que desprende las hojas de los árboles nos va desprender de todas nuestras cargas, yo la escucho y sonrío. A veces creo que Laila ya ha dejado de seguirme y desde hace algún tiempo soy yo quien la viene siguiendo a ella.

fredag, september 13, 2013

Langosta

Si a alguien tuviera que contarle esta historia, empezaría diciéndole que nunca comimos langosta.

Teníamos esa promesa mutua. Si no podíamos hacer promesas de ningún tipo, nos prometeríamos crustáceos, aunque para entonces yo ya había escrito tu nombre en un pez, todo tu nombre hacia adentro, quizá en algún esfínter de este animal, en sus agallas o en sus escamas.

Mientras buscábamos el crustáceo, la promesa, el animal, el fondo del mar, el Thames parecía vigilar cada una de nuestras palabras: tu flema inglesa muda y mi acento de río hablador bebiendo con el león y la ciudad hundiéndose, pero yo te tomaba la mano y salía a flote de la espuma del gin tónic, despreciaba el té y los canapés de las cinco, con dolor y vestida de flores, despreciaba la monarquía tanto como despreciaba tu distancia, tu cuerpo de por medio abrazándome.

Si alguien me pidiera alguna vez que le contase qué pasó, le diría que no se sabe.

No se sabe bien cuántos años pueden llegar a vivir las langostas. 

No se sabe. 

No se sabe nada.

Solo pasa.

Las atrapan.

Mueren.

Sin embargo, hay que cogerlas vivas y vigilar sus tenazas; ponerles un elástico grueso para que no las abran. ¿Recuerdas tú acaso mi vitalidad en Victoria Station?  Estaba tan viva entonces que tomaste la liga de mi pelo mientras te abrazaba sumergida dentro de una jaulita en el pacífico y sujetaste mis tenazas con mi liga. 

Paseamos.

A veces estaba en una pecera, a veces en una jaula, a veces entre tus manos y así tan langosta estuve emborrachándome en el mercado de Borough para después sin saber mi edad, sin saber nada cayera a hervir en tu sudor, porque sudabas. 

Sudabas. 

No sé si sudabas de alegría, de nervios, de cansancio, de saber lo que yo no sabía y allí dejé de echar de menos tus palabras y empecé a comunicarme con todo lo que brotara espontáneamente de tu cuerpo: tu sudor, tu saliva, tu semen y tus lágrimas tan transparentes. Me inventé un lenguaje para distraerme del dolor de ser hervida desde mis patas a mis ojos, sumergirme en un dolor que me enrojece, como una infección urinaria, jugo de arándano, sal y antibióticos, un dolor en ebullición que me bañaba en el cobre fundido de la depresión de Churchill, roja, hundida en ti, metálica, ajena (nunca tuya), muriendo sin edad, sin pasado, bipolar, sin saber nada, langosta, salta pequeña, salta.

Luego hubo galerías y calles, cocteles y pintas, también hubo enojo y pánico, es verdad; pero luego llegaban los subterráneos y las escaleras eléctricas, tú y yo reflejados en un vidrio, sujetos a barrotes amarillos, atravesando túneles y cavidades del romance con paradas, subidas, bajadas, mientras por encima crepitaba el Soho y explotaba Waterloo, yo estaba perdiendo la guerra, en el fondo lo intuía, pero moría de pie, disparando, cayendo de los puentes, perdiendo el reinado, pudriéndome en la humedad de tu cuarto, pero no podía ver nada, salvo tus ojos marrones en todas partes, tus ojos en los espejos, en las paredes, en las sábanas, en los cuadros, tus ojos dentro de aquel ojo que miraba cada rincón de la ciudad mientras yo iba ciega, hervida, esperando el martillo (y el alfabeto), el desgarramiento de la carne y el viaje a través de una garganta desconocida que se tragaba todas las palabras, tuyas y mías.

Si alguien me pidiera que le contase más sobre tú y yo, les diría que nunca comimos langosta. Sí, es cierto, yo pedí langosta porque el deseo estaba siempre allí y lo que recibí fue una sopa rosada, espesa y de buen sabor. 

Sonreí.

Where is my fucking lobster?

Langosta

angosta

lang

ost

a

Me quedé con todo el desconcierto y me limpié con la servilleta.



Y como siempre (al final) regresé y escribí.

mandag, september 09, 2013

Caballos

Creo que un objeto deja de estar perdido no hasta que llega alguien y lo encuentra, sino que además de encontrarlo, también lo conserva y se hace cargo de él; le da un espacio y una nueva vida.

En inglés, existen los lost and found mientras que en español solo nos quedan los objetos perdidos

He pensado que en un día de esos en los que me levanto sintiendo que me falta algo,  podría ir a uno de esos sitios y decir que se me perdió -por ejemplo- un diario. Dar la descripción de un cuaderno de diario común o quizá atreverme a describir el diario que yo quisiera tener, dar datos que esperan te devuelvan algo que tu deseas o que guardas en la memoria aun sin saber si existe. Entonces podría esperar allí en esa oficina y tener fe en que el encargado me traiga aquel diario que su dueño perdió, aquel diario que no he escrito pero que deseo, ser parte de lo que no me sucedió a mí, completarme, completar el diario, recibirlo entre mis manos y sentir que el objeto se siente recuperado, aunque confuso, ha sido encontrado y volverá a vivir otra vida pero no permanecerá perdido (u olvidado) otra vez.

(Hay una línea muy fina entre lo perdido y olvidado)

Hace días encontré dos caballitos en el aeropuerto de Oslo. Imaginé que algún niño o niña los olvidó, o quizás sus padres lo apuraron pues el avión partía y los caballitos quedaron atrás. Quizá fueron dejados allí con la intención de que yo los encontrase.

Ver esos dos caballitos allí en una banca del aeropuerto, lugar donde transitan miles de personas y ellos yacían abandonados, olvidados o perdidos me dio cierta tristeza.

Pensé en llevarlos a la oficina de objetos perdidos, pero mientras los observaba y los tenía entre mis manos, me di cuenta de que los empezaba a conocer, que podía jugar con ellos, que quizá estuvieron allí esperando a que yo llegase. Al final miré hacia todos lados y nadie parecía interesarse por mi hallazgo. Intuí que quizá, de llevarlos al departamento de objetos perdidos, cabía la posibilidad de que se quedasen allí abandonados entres tantos otros objetos y que con los inventarios y las limpiezas acabaran en un basural, fundidos, reciclados, muertos.

Tomé los caballitos y los guardé en mi bolso. Se convirtieron en mis compañeros de viaje. Los coloqué en la mesilla plegable de mi asiento y los miraba mientras tomaba un café y dejaba atrás la incertidumbre de lugares y personas a las que probablemente no volveré y sin embargo están todavía aquí.

Ahora que escribo esto, los caballitos están a mi lado. Les pedí que suban al teclado y que posaran para la foto que aquí publico arriesgándome a que su anterior dueño los reconozca y los reclame, pero no creo. 

Estos caballitos se han convertido en una metáfora de mí misma:  son dos, dos caballitos perdidos que andan a distinto ritmo, el galope son el paso de estos últimas semanas que me han tocado vivir entre aeropuertos, grandes ciudades, gente extraña, tantos cuerpos abrazados y dejados detrás; su extravío y pérdida soy yo, ahora, esta habitación, el amanecer, las maletas deshechas y la televisión en silencio.


Who's gonna ride my wild horses?




lørdag, september 07, 2013

34

es sábado
septiembre
séptimo día

anoche te bebiste
entera
tele en silencio
una botella de vino
blanco
joven
11%

34
abres los ojos
para todos los husos
horarios
desusos
has sobrevivido
34 años

34
pasaste
la talla de tu sostén
la edad de cristo
el huracán
y el accidente
la caída del muro
y de la máscara

vas al espejo
el iris está blanco
abres la boca
tu lengua está rosada
te estiras
el pellejo de los omóplatos
del vientre
los muslos
pasas la mano por tu pelo
negro

34
te acuerdas de las galerías
y los cuadros
cientos de años
los colores ahí
frescos
los colores
los colores
es lo que cuenta
34 veces 7
colores
parece que fue ayer
blanco
rosado
negro
el color de tu interior
de tu anatomía
de tus estaciones
colores de lencería
interiores
colores de infancia
cuarto de hospital

hoy no te preocupas
por el deterioro del cuerpo
envejecer
preocúpate
por las matemáticas
naciste capicua
intenta sobrevivir
intervalos
fracciones
suma

34
7
es lo mismo
ayer
33
34
hoy
el sistema
lo registra
abres los ojos
los números
la lengua
el sistema
el pellejo
los colores
siempre
todo
envejece





mandag, september 02, 2013

A raiz de Fight Club

Fight Club se estrenó en 1999, pero yo la vi en el lugar y tiempo preciso: Bodø, otoño del 2002.

Recuerdo que la vi sentada al borde del único sofá que tenía por ése entonces. La película estaba hecha para mí: el insomnio, las terapias de grupo, las voces en mi cabeza (en dos idiomas), el sexo, el narrador de mi vida paralela y al final el sótano oscuro albergando a esa violencia pactada que hacía que cada puñetazo se convirtiera en un asunto casi poético y definitivamente liberador.

Por esos días, fantaseaba constantemente con agarrarme a golpes con alguien estando semi desnuda. Era el tiempo en el que estaba aprendiendo el idioma noruego, la cultura, las direcciones y me encontraba con gente nueva a quienes siempre me veía siempre tentada a decirles: "mucho gusto, me encantaría tomarme un café contigo, claro, pero y qué tal si también nos agarramos a golpes?

Mi fantasía sigue allí, pero hasta ahora no he pasado de mis intentos de socializar dentro de los marcos establecidos y legitimados según las convenciones sociales: cafés, cines, restaurantes, bares. Todavía no he llegado a los puños como el medio para encontrar a un amigo (o amiga) verdadero.

Me considero una persona no violenta, no tolero el abuso, no soporto ver imágenes de maltrato y estoy convencida de que la solución a un conflicto no radica ni en las armas ni en los puños, sin embargo, me produce un placer rarísimo ver ciertas imágenes violentas como las de la explosión en prueba de una bomba atómica, los crash test dummies dentro de autos que parecen de cáscaras de huevo, estrellándose en un accidente mortal, un bisturí abriendo un vientre en un solo movimiento, luchadores de MMA mezclando y esparciendo sudor y sangre en el ring, el pellejo humano filmado en cámara lenta al mismo tiempo de ser impactado -con violencia- por un objeto como una pelota de fútbol.

Este placer tan extraño en mí me lleva a pensar si es que es la violencia en sí lo que resulta placentero o la idea de dolor y me inclino hacia lo segundo. Es el dolor lo que me produce placer, en el caso de aquellas imágenes, este dolor o es abstracto (un dolor de crash test dummie o de test nuclear) o es pactado.

Por estos días he experimentado dolor físico debido a una infección. El dolor no se puede controlar, es impredecible, varía de intensidad como si se tratase de una sinfonía, se mueve cuadro por cuadro como una película de 8mm. No sé bien si es el tacto él único sentido que percibe el dolor, pero lo cierto es que cuando el dolor es intenso, duele también ver, oir, oler y saborear. Es fascinante el color del dolor: cierra los ojos en la consulta del dentista cuando te estén arrancando una muela y lo verás, lo verás también cuando esa muela se te esté pudriendo antes del dentista y los colores serán distintos. El tacto del dolor cambia todo el tiempo, desliza tu mano sobre el filo de un cuchillo, descubre tus genitales y revuélcalos en un jardín de rosas y ortigas, estrella tu dedo meñique del pie contra una roca en la playa.

Hit me as hard as you can.




fredag, august 30, 2013

Coca Cola emocional

Lo que me gustaría decirles a toda esa gente que se emociona por ver su nombre en una botella de Coca Cola es que deberían usar más las neuronas y dejar de emocionarse con este tipo de publicidad, que es solo eso: publicidad, marketing, que el único fin que se tiene es hacer que compres más coca cola. Es que cómo no se dan cuenta de que si le ponen tu nombre a una botella es para que la compres, si tu ego está maltratado, pensarás que una multinacional pensó en ti y para que necesitas que tu familia, amigos o el chico que no te da bola piense en ti, si The Coca Cola Company sabe de tu efervescencia y de tu chispa de vida y sí, claro, atragántate de gas y de azúcar, llena de caries tu sonrisa efervescente, desgasta tu esmalte dental y sigue creyendo con chispa vital que porque The Coca Cola Co. puso tu nombre en una botella es porque le importas.

No. A la The Coca Cola Co. no le importas un carajo.

Pero bueno, todos hemos sido víctimas del marketing, eso no es lo que me enerva, yo también compro ciertas marcas y bebo otras gaseosas, pero lo que me vuelve la sangre efervescente es que la gente se emocione tales cosas como ver su nombre en una botella de coca cola, pero si ven una nube en forma de elefante, o una ardilla trepando un árbol cogiendo bellotas, una manzana caer de un árbol, un gato tomando el sol, las olas del mar reventando en peñascos, solo pasen de largo o bostecen; y no me complico tanto, solo pequeñas cosas, digo, ni siquiera hablo de poesía, música, viajes o películas.

Abrir los ojos y ver más allá de la nariz de uno mismo.

Todo se trata de uno mismo, tomarse una foto a uno mismo y subirla al FB, comentarla uno mismo, recibir halagos, halagarse uno mismo; masturbarse de todas formas, el ego trip y coca cola con tu nombre y a veces me da asco todo y desearía desenchufar todo, hasta mi cepillo de dientes y este blog, de paso.

Este mes hubo dos lunas llenas.

Y yo rodeada de gente emocionada bebiendo Coca Cola con su nombre en la etiqueta.

No me jodan.



fredag, august 16, 2013

Urgencia

Querido blog,

Estoy bebiendo el tercer shot de anis Najar azul que ocasionó sobrepeso en mi equipaje y hoy ocasiona sobrepeso en mi cerebro y probablemente ocasionará sobrepeso es mis órganos y arterias.

El silencio tiene un ruido que me molesta y trato de callar ese ruido con el ruido del teclado, ruido que siempre me ha resultado agradable. No importa que escriba aquí, lo importante es oir otras cosas.

Mi estado en un chat es "disponible" y mi estado mental es "no tengo idea de nada" y en ambos casos quisiera que alguien me hable sobre aquella disponibilidad que no tiene idea hacia dónde va.

Mientras estoy en mi estado "disponible" veo fotos mías donde se me ve muy disponible y acompañada, y sin embargo recuerdo que en cada una de ellas había un vacio cerrado, ocupado, no disponible, offline.

Hoy he comprado muchos congelados, como si intuyera que la guerra se acerca.

Echo de menos el ruido, la naturalidad en la violencia y las balas, el taxista diciéndome antes de pagarle veinte soles "no dejes que te atrasen, amiga" y caminar entre autos como toros en Pamplona.

Estoy sola y tengo miedo.

Tengo anis.

Tengo mucha neblina limeña en la frente y estoy en el verano del círculo polar ártico.

Urgencia.


onsdag, august 14, 2013

Regreso

Ha sido muy raro llegar.

Mi departamento estaba muy limpio e iluminado. Parecía que el tiempo que estuve fuera se congeló en este espacio porque todo seguía en su sitio, y sin embargo no podía recordar con claridad que antes de irme había doblado ropa, había congelado comida, había escondido mi computador debajo de un estante y había dejado mi cama sin sábanas, solo con el edredón que usa el gato y mi libreta de notas al lado. Quizá he querido inconscientemente que mi gato anotara todo lo que pasó durante mi ausencia, o que llevara un diario y entre esas líneas me dijera que me extrañaba, pero sé que me extrañó.

Con los gatos, solo hay que saber cómo ponerse (literalmente) para poder entender y recibir su afecto.

Con los perros es fácil. A ellos solo les basta que tú estés ahí y ellos buscan la forma de demostrarte algo, aun así tu permanezcas quieto y distante, para ellos eres tú y solo tú el centro de todo.

Los gatos, primero te observan. Quizá parezca que te reprochan la ausencia con esa mirada, pero los gatos no reprochamos ausencias porque ausentarnos está en nuestra naturaleza y menos aún vamos a reprocharla cuando estamos viendo que has vuelto. Los gatos, observamos que has vuelto y nos aseguramos que hayas vuelto para quedarte. Para tener esa seguridad, te rondamos mientras sigues de pie, y no solo a ti, sino también a tus cosas. Ya sabemos que tú no eres solo tú, los gatos tenemos regalos que entregar, pajaritos, tenemos territorios, rincones solo nuestros; los objetos son importantes. Cuando ya estamos seguros de que vas a quedarte, esperamos que te pongas a nuestra altura. Entonces nuestras miradas se encuentran y nos reconocemos. Vemos en nuestros ojos, los tejados, las noches, los bares, los pajaritos, la luna, los otros gatos y ya entendemos todo. El acercamiento sigue y uno de los dos tiene que ceder en el afecto.

Cedo. Me acuesto en el suelo, porque tengo un cuerpo de humano y el felino es él, además soy yo la que me fui y yo soy la que llego a su territorio. Mi gato llega y frota su cabeza contra mi frente, camina por mi pecho, sube y baja, al final me lame el pelo y los ojos, quitándome el cansancio, el maquillaje, las visiones pasadas, pasa su lengua áspera por mis párpados y me dice "abre los ojos, mira distinto,  límpiate el viaje, estírate y maulla."

(mi celular roto, todavía puede ver)




tirsdag, august 06, 2013

Amor

La única certeza de amor que tengo y que recibo por estos días es la que Nestlé me regala (vende) empacada y con tabla de valores nutricionales, todo muy claro y estoy advertida. Mejor así.

Por lo demás, siento que tengo tanto amor dentro de mí que si lo saco, podría construir un castillo, pero nadie querría vivir conmigo, la gente no quiere castillos, sólo quiere ir al cine, tomar cafés y tirar si se da la ocasión. 

Contemplo a las piedras y espero que estas hablen, mientras me lleno la boca de amor de Nestlé, amor que muerdo y trago y se queda dentro de mi cuerpo silencioso, junto con el otro amor que derriba y construye, amor bipolar, con mis castillos y caballos salvajes.

Amor.

Estamos saliendo.

(Adónde?)

Lee mis gestos y no mis palabras.

Qué será eso.

I Fell Into A Burning Ring Of Fire

I Went Down, Down, Down

And The Flames Went Higher
And It Burns, Burns, Burns
The ring of fire


What is love?


Baby don't hurt me.






Destinación Guayaquil

El viaje empieza con mi deseo de cambiar mi fecha de regreso, pero existen sólo dos opciones para realizar el cambio:

Desembarcar del vuelo, comprar el ticket de nuevo ida y vuelta y volver a embarcar.
Presentar un certificado de enfermedad.

Dónde está la libertad de volar? Así lo dicen todos los paneles del aeropuerto, sin embargo no volamos tan libremente.

Los aeropuertos siempre me confunden y trato de distraer mi confusión mirando (si es que no puedo escribir). Miraba y jugaba con unas piedritas de imán en una tienda mientras tomaba valor para seguir avanzando hacia el control de migraciones. 

Hoy parecía que el todo el mundo regresaba o partía a algún lado. 

En mi caso, son ambas cosas y esto es un viaje dentro de otro.

Mientras tocaba las piedritas de imán y miraba postales y discos, me descubrí observada por un hombre que quizá sería de mi edad o un poco más joven, atractivo, de pelo claro abundante y revuelto y ojos marrones muy grandes. Estaba de pie en la tienda con su equipaje de mano rodeándole los pies, aquellas bolsas, mochilas y morrales le impedían moverse y esto lo hacía parecer una estatua.

No sé por cuanto tiempo me habría estado mirando, pero le sonreí. Suelo sonreír, por cortesía, nervios, porque la sonrisa desvía la atención del que te observa y cualquier impresión que haya tenido de ti hasta antes de ver tus dientes cambiará.  

Le sonreí y el me dijo "eres muy elegante" con un acento que no pude identificar. Días atras me sentí el ser menos elegante sentada en un banquito de lounge frente a cámaras. Esta mañana, curiosamente vestía la misma ropa, pero con unos zapatos más finos . Lo cierto es que no creo ir muy elegante, pero quizá antes sus ojos de turista que ha esacalado mil montañas y que de pronto se encuentra inmovil y sujeto de los pies por su equipaje de mano, el hecho de que yo llevase una chaqueta oscura, que caminara con cuidado entre los mostradores y al final estar manoseando piedritas de imán para distraer mi ansiedad y perdiendo la mirada en esa tienda inmensa le debió resultar elegante como le pudo haber resultado un gato negro recién acicalado o un ave colorida posada en una rama en algunos de esos paisajes que él venía de recorrer. Quizá mi búsqueda de calma le resultó elegante luego de conocer el caos limeño, la cumbia, las chicas con minifaldas y botas y los hombres con el pelo tieso de gel fijador.

Le seguí sonriendo y me fui de la tienda caminando muy despacio. Luego, tuve ganas de volver y decirle que en realidad no creo ser muy elegante,  que hace días no supe cómo sentarme en un banquito de diseño, que en mi bolso hay pañuelos de papel con manchas de café, que hoy no me lavé los dientes y que lo único que quiero es llegar a Guayaquil, quitarme la chaqueta oscura (elegante) y abrazar a mi hermanita como abrazan los osos perezosos a los árboles y quizá quedarme dormida así.

No sé porque a veces siento que debo tener arranques de sinceridad con desconocidos, o no sé como tomar los cumplidos, a veces me pueden deshacer, sentir que les debo algo, pero seguí caminando y quizá el seguirá pensando de mí que soy elegante y yo pensaré de él que es un poco ingenuo, que quizá las montañas y la naturaleza le abrieron tanto los ojos como los obturadores de cámara para lograr captar la luz y que al final la ansiedad y cansancio de una chica de 33 años se pueden confundir con elegancia.

O quizá, bueno, sí, qué carajo, puede que sí sea elegante (calle, pero elegante como dice la canción). Mi abuela lo era y yo espero haber heredado sus maneras.


( y mi fantasía romántica de encontrar al amor de mi vida en un aeropuerto se perdió al pasar el control de migraciones, quizá ya encontré al amor de mi vida en un aeropuerto, de hecho sé que sí, pero aquí estoy sola, escribiendo sobre extraños)


Dentro de algunas horas me encontraré con mi hermana, seguramente veré también a mis dos hermanos, a mis tías paternas y a mi padre, a quien pongo al final en esta lista con alevosía.

Siempre me resulta difícil encontrarme con mi padre, porque veo claramente que es mi padre de verdad y sin embargo quisiera mantener la fantasía que tuve de mi padre durante más de 25 años. La realidad tan brutal siempre me ha molestado y por eso huyo en la ficción. 

Cuando el pensamiento sobre mi padre desconocido llegaba, imaginaba un hombre diferente a él y quizá lo menos parecido a mí, pero con todo aquello que a mis genes les hubiese gustado heredar. 

De hecho, me he dado cuenta de que después de estos siete años desde que lo conozco, he heredado algunos gestos de él sin conocerlo.  He heredado la manera de abrir los ojos cuando algo me agobia y la melancolía. Tengo la certeza de que que mi padre es un hombre melancólico que contempla iguanas y se pierde en sus pensamientos sentado en los bancos de los parques de Guayaquil mientras espera algo (igual que yo) , pero su cercanía al mar y a la línea Ecuatorial hacen que esta melancolía se camufle en su guayabera, pues imagino que pocos seres melancólicos visten guayabera. Su melancolía se disfraza en su acento casi caribeño, que suena como esos acentos que no son melancólicos, y al mismo tiempo, teniendo ese acento de merengue bailado, es un guayaco que habla bajito, cosa que es extraña. 

Cuando estoy con mi padre, nunca sé que decir. No me gusta mirarlo a los ojos y siempre trato de señalar cosas y le pregunto "¿qué es eso?" sólo para lograr que no me mire y que me hable de cualquier cosa, o quizá para sentir que soy una niña y que él es mi padre, la persona que me dejará ver el mundo a través de sus ojos y que eso me bastará para dejar las preguntas, para sentirme segura y para encontrar una identidad.

 A veces, mientras estoy con él y andamos en silencio tengo la fantasía de haber cumplido quince años y que hubiese bailado el vals con un vestido rosado inmenso. No es un deseo, pero pienso que a él le hubiese gustado eso y de haber crecido yo a su lado, a lo mejor cedía a celebrar mi quinceañero o quizá hasta lo hubiese querido yo también para entender que dejé de ser niña, cosa que teniendo esta edad a veces creo ser la misma adolescente que iba a los parques a patear piedras. Y seguramente en esa fiesta donde serviriamos enrollados de hot dog y empanadas rellenas de queso cheddar, en esa fiesta rodeada de flores daría un discurso lleno de lugares comunes y me llamaría "señorita hija" o "mi pequeña" y se le cortaría la voz de la emoción de verme convertida en una mujer y yo en esa fantasía me sentiría como un muñeco de peluche lleno de flores y protegido por mi papi, porque seguramente lo llamaría "papi" como llaman la mayoría de los habitantes de la costa del Ecuador y el Caribe a su padre y también a sus amantes.

Pero yo no le digo nada, ni papá, ni pá, ni papi, a veces le digo "padre"  Evito su mirada como evito mencionar su nombre y creo que me dirijo a él directamente y siempre con preguntas. ¿Qué es eso? ¿Cuántos años tiene este monumento? ¿Dónde está el mar? ¿Cuándo se fundó Guayaquil? preguntas de niño, son sólo preguntas las que tengo hacia el, pero muchas de ellas no creo que me atreva a  formularselas y cada vez que me encuentro con él, sólo trato de distraerme de la realidad de que él, ese tipo melancólico y guayaquileño que ha tenido hijos con tres mujeres distintas y que aún parece no haber encontrado calma, ese tipo perdido, que parece seguir buscando amor en el pasado, en el tiempo perdido, ese es mi padre.

mandag, juli 29, 2013

Common people (is what I am)


Lo que vino después fue que entré a un set de televisión y empecé a sentir pánico.
Yo siempre había pensando que en un set de televisión había camarógrafos que controlaban las cámaras que no sobrepasarían la altura de ellos mismos. Me sorprendió comprobar que no era así, que las cámaras eran de distinto tamaño y la mayoría sobrepasaba la altura de un hombre promedio. Había una que se movía sola, un brazo mecánico gigante endemoniado por captar cada expresión de la cara de todos los que se sentarían al frente de ella, ese brazo quería atraparte como King Kong pero sin carita de mono, esa cámara subía y bajaba (seguramente todas esas cámaras tenían nombre) era un gran tentáculo mecánico con ojo que te miraba de arriba abajo.

Una señorita con una cajita que parecía la de un mago me preguntó si estaba maquillada. Le dije que sí. Lo estaba. Estaba maquillada, estaba tratando también de maquillar mis palabras porque no puedo decir en frente de tantos espectadores que en ese momento me dolía la cabeza y que quizá me iba a ser difícil recordar y hablar algunas cosas que escribí hace más de diez años y que publiqué hace más de siete.

Mi maquillaje no fue suficiente. Nunca es suficiente. Tomó una esponja y cubrió mi cara de polvos color arena. El tacto de la esponja me acercó mejilla a mejilla a todas las caras que fueron maquilladas con esa misma esponja, todos los gestos que disfrazarían y no pude evitar pensar en la piel de los políticos, las serpientes y sentí una parálisis facial cosmética cuando pasaba la esponja y con una brocha esparcía falso rubor sobre mis mejillas. Para entonces intuyo que lo que había debajo de todas esas capas de maquillaje mío y ajeno era mi piel empalideciendo. Mis labios sin brillos no estaban aptos para salir ante cámaras y hablar sobre lo que alguna vez escribí o quizá de cualquier otra cosa. La señorita coloco dos capas de brillo y mi sonrisa se volvería viscosa y brillante, podría haber sido lo mismo que hubiese comido una hamburguesa en la calle con todos los tipos de salsas oleosas, mis labios hubiesen quedado igual de brillantes.

Me sentaron en un banquito como de bar de un lounge, en esos que te sientas como castigo al no hacer una reservación o al ir sola a contemplar como los demás beben cócteles de colores mientras reposan cómodamente en sillones amplios que los abrazan.

Al subir al banquito fui consciente de tener falda y la asistenta de producción me lo recordó en una advertencia "cuidado con la faldita, ambas están en faldita" pero la conductora tenía la soltura y gracia de andar en faldita desde que nació y la habilidad para posarse en banquitos de lounge en lounge sin ser castigada, yo en cambio, fui consciente de mis piernas, de mi postura de protección la cual presiento que se verá en la tele como si estuviera aguantando la orina, las piernas juntas y quizá el cuerpo un poco encogido cubriéndome. Además de ser consciente de cada detalle que allí había, fui consciente también de mi ingenuidad, del desatino de ir con falda y de pensar erradamente o ingenuamente que, en la tele, así como las cámaras no sobrepasarían la altura de un humano, tampoco el cuerpo entero del invitado sería exhibido en un banquito: las cámaras son del tamaño de un hombre y en la tele, en un programa de libros, sólo será necesario mostrar mi torso y la cabeza a la que este está inevitablemente unido.

Me equivoqué.

Esa misma mañana había dado una entrevista en el diario más grande (literal y figuradamente) que hay en aquí y que seguramente para el día de hoy mi cara estará envolviendo pescado, cubriendo orines de perritos que aún no han entrenado su vejiga o quizá secando el barro que deja la garúa en los patios limeños, patios como el mío, cubiertos de periódico que a veces leo así, estando empapados antes de deshacerse sobre las baldosas.

Pensaba mucho en mi gato ante estas situaciones, en su elegancia (la que no llevé al set de tv ese día) y lo imaginaba dando esas entrevistas por mí, por lo menos dejándole a cargo la elegancia y la soltura de su imagen, posando para la foto o sentando en aquel banquito blanco de diseño frente a las cámaras donde seguramente el contraste de su pelaje oscuro con el fondo de ese set tan transparente e iluminado deslumbrarían al televidente, más aún si empezara a maullar (yo subtitularía).

Al día siguiente estuve también delante de una cámara, aunque esta era más amable y su tamaño era también amable y esta vez había una persona detrás de ella (de mirada amable) y la cámara estaba casi quieta. Fue más llevadero todo hasta que el muy agradable entrevistador mencionó ser uno de los diez lectores que vienen aqui a leer y entonces eché de menos a la señorita del maquillaje, a mi gato elegante hablando por mí porque me sentí descubierta frente a él y que él supiera que días atrás yo había estado protestando a escondidas y con gas lacrimógeno y que ese mediodia venía después del fin de mi felicidad de happy hour a conversar con él.

Ayer estuve con una buena amiga, escritora, en la feria del libro. Intenté comprar libros pero todo resultó ser muy intenso. Desde la entrada tuve la impresión de estar en un concierto o procesión religiosa. llegué con miedo y no pude cruzar la pista. Un chico llamado Stalin me ayudó y se metió entre el tráfico con la dureza de un político soviético, yo lo sujeté del abrigo y así pude llegar al otro lado. Todo se tornaba extraño e intenso, la gente muy intensa y el reencuentro con ella y nuestra conversación  también lo fue, una intensidad agradable, pero era entonces una intensidad metida dentro de otra. Además, el andar con ella por los stands de libros resultó como andar con algún Hollywood celebrity por el paseo de la fama. Ella saludó por lo menos a seis personas distintas y su encanto invitaba a todo aquel que se le acercaba, a empezar una agradable conversación y una parada durante el recorrido. 

Recordé a mi abuela, que era una señora encantadora y elegante (como mi amiga) y cuando me llevaba al mercado saludaba y conversaba con todo el mundo, mientras yo la jalaba de la falda y le decía "ya vámonos". Volviendo a todo eso, al mercado de la feria del libro y al de mi infancia donde veia a pollos morir desangrados, a mi amiga encantadora y al recuerdo de mi abuela también encantadora, a tantos libros no leídos, a tanto y todo allí en ese momento, al final también sujeté su abrigo, la jalé un poquito y le hice un gesto de "ya vámonos" porque tenía ganas de quedarme con ella conversando todo el resto de la tarde pero fuera de todo ese caos de gente y de libros envueltos en plástico y con PVP, cruzar la pista itra vez y terminar quizá en alguna playa asiática de las que ella ha vuelto. 

Ahora estoy en mi habitación en Lima. Tengo muchas ganas de escribir desde hace días, pero todo se me transforma en mercado, rumas de libros que no leeré, personas que me encuentro y saludo y converso y tengo que hacer paradas en el recorrido aunque a veces quiera salir corriendo, pero al fin hoy domingo, día que siempre me resultará extraño (hoy es doble domingo y feriado día de la independencia nacional) llega un poco de silencio y coherencia. Veo todo esto que aquí escribo y también me veo a mi misma adolescente y escondida, sin gato, sin amiga encantadora y popular, sin cámaras de ningun tamaño, sin chicos, sin libro publicado, sin distancia, sin Londres, sin teléfono inteligente, sin Círculo Polar, sin matrimonios, sin maquillaje, pero siempre con la misma compañía y distracción, la de mis propias palabras.




And just dance, drink and screw because there's nothing else to do.





( si notan alguna rareza más allá de la habitual en estos últimos textos, es porque los escribo desde unteléfono  en un teclado que es un vidrio pequeñito, que no hace ruido y que se empeña en corregirme en cada palabra que digito y con el esfuerzo para acertar en cada letra que hacen las yemas de mis dedos )



fredag, juli 26, 2013

La coherencia del disparo

Mientras estoy en Lima, me resulta completamente familiar el ruido de un disparo.

"Ah sí, es un balazo" se escucha en algún lado de mi cerebro, mi codo se empina y el líquido happy hour me embriaga, todo va bien, disparen, felicidad dos por uno y por horas mientras el hígado aguante y la cabeza tolere.

En el taxi pienso en el disparo pues me parece oír otro a lo lejos mientras espero que cambie la luz y voy contando los segundos. Ahora Lima me entretiene en los cruces de semáforo y parece que supiera de mi obsesión por contar, no historias, sino así del 1 al 10 o al 74 en ascendente y descendente, de 5 en 5 o de 3 en 3 y las tablas de multiplicar siete por ocho cincuenta y seis y me gusta dibujar y escribir números también.

Pero el disparo, sí, volvamos al revólver. 

Allí en el semáforo, una parte de mi cerebro alcoholizado cuenta, otra canta  it's the final countdown Europe y yo tan lejos y el resto de neuronas se suicidan, un balazo, quién apretó el gatillo, quién apuntó a quién, ajuste de cuentas, festejo de un sicario, éxito de un suicida, el ruido de un balazo y el semáforo nos deja avanzar. 

Dos disparos en una noche.

***

San Martín en su plaza parece aburrirse, cómo será eso de llevar el apellido como un santo y ser a la vez libertador. 

Mi apellido paterno en un contexto limeño (absurdo) me relaciona a un senador de derechas y cuando eso sucede yo pienso en mi padre nadando entre las tortugas de Galápagos y el Senado se convierte en un banco de peces. Esta ciudad es tan absurda que no olvida apellidos pero olvida sí que quienes gobiernos atrás dejaron al país deshecho hoy dan lecciones de moral y de justicia en público, olvidan que en la televisión antes se lamían sobacos y el raiting subía para distraernos de la decadencia, decadencia más decadencia y olvida a esas presentadoras que hoy dicen la verdad y le rezan a la virgen de Guadalupe y yo me pregunto si la gente realmente vive en serio (por así decirlo) o es que ya, si en la naturalidad de los disparos, los periodicos llenos de muertos y los muertos cubiertos por estos mismos periódicos, la coherencia se encuentra en todo lo absurdo y violento que rodea a esta ciudad y otra vez la fórmula de dos negativos resultan en positivo.

***

Ver ( a través de la ventana de mi cocina ) pasar a un alce por mi jardín mientras desayuno un día cualquiera de julio es la coherencia que desde aquí extraño.


torsdag, juli 18, 2013

Protesto

La protesta pasaba y yo lloraba. Era yo, era el gas lacrimógeno, era la desesperación del encierro y del silencio, cuando afuera todos gritaban, todos estaban unidos, invencibles, no se rendían ante nada yo estaba otra vez sola te buscaba en todas partes y volver a esta ciudad me devuelve al romanticismo de pensar que me esperas o me extrañas, de que me piensas y me escribes.

Dentro de mí se esparcía una tristeza gris y nublada, Lima rajándome. Tanta distancia delnate de mí, tanto desorden tan bien estructurado en mi pelo recogido, tantos disparos al aire en mi caos emocional, mi sonrisa y de pronto la protesta. 

Un caos dentro de otro.

Lima me sitúa en la posición del extrañar y no poder decirlo; del ser extraño y no poder decirlo; del llevar la protesta dentro y esconderme en una tienda y llorar, gener miedo de ser herida, Lima me vuelve vulnerbale. Me encierra en algo. En la neblina, en su humedad, en la manera limeña, en la cerveza barata, en mi habitación de mi niñez y adolescencia y yo soy la misma, todo es lo mismo, pero si abro la boca salen otras palabras que van cambiándolo todo.

Estoy harta de esta melancolía tan bien llevada, esta distncia tan medida, este deseo tan vestido, esta apatía tan pública y este dolor tan medicado de vez en cuando.

Vivo resignada a parámetros y a silencios, a no querer llevar las cosas al extremo, esclava de mi sonrisa, protegida en la venía, la firma, el discurso. Reprimo entre las manos esas hormigas que paseaban por tu casa y que ahora me devoran, me arrestan y me detienen las ganas que quieren arrojar la molotov e izar la bandera roja, te quiero (o no) el puño en alto, corazón en mano y mi grito desgarrando mi garganta y rompiendo tus oídos,  exigiendo saber, exigiendo el proceso limpio, las reglas claras, no corrompas mis emociones y si no hay solución no iré a huelga porque de nada sirve morirse de hambre, o dejar caer los brazos, refugiarse en una iglesia o sentarse en la calle para que te des cuenta, si no hay solucion te incendiaré y escucharé como arde tu corazón explotando como maíz y quemando tus latidos indescifrables.

Quiero salir a protestar, nací radical, usé botas y pateaba muros, escapé protestando y todo esto unido que llevo dentro jamás será vencido, mis palabras no se rinden, carajo.

Aún con la mordaza hiriendo mis comisuras y con el corazón apuntado por el cañón de un tanque, escribo.







onsdag, juli 10, 2013

Motion discomfort


Estando en el avión, me pregunto si alguna vez cambian esos paños que ponen en la cabecera de los asientos, sujetos con un pega-pega para proteger a los mismos de la grasa que debe brotar en grandes cantidades del cuero cabelludo de tantos viajeros estresados o pensativos (como yo, en ambos casos).

¿Quién diseña esos paños? ¿En qué piensa el diseñador al diseñarlos? ¿En el cuero cabelludo escandinavo, africano, asiático, latino? ¿en distintos tipos de pelo y de grasa? Los presenta a la aerolínea y a lo mejor no dice grasa, sino grasita : el paño hecho de celulosa, algodón y polietileno protegerá los asientos y absorberá la grasita.

Yo procuro viajar con la cabeza alejada de aquellos paños porque les tengo asco. Pensar en el cebo ajeno adhiriendose a mi pelo, ese cebo tan distinto según los pensamientos uniendose a mi propio cebo en una mezcla de textura uniforme, cebo humano más cebo humano.

Estoy en un avión y como siempre, me distraigo escribiendo.

No he traído mi libreta de viajes, la verde, la del conejito suicida. No se sí la olvidé o la dejé adrede en casa. Esta vez creo que no cargo mucho equipaje, pero llevo la cabeza llena de cosas y seguramente protegidas por mi propio cebo del cuero cabelludo, además de la pasta  fijadora que uso para peinar mi pelo de ancestros africanos; así, cargo tantas cosas bajo mi pelo rizado, no sé con certeza qué son aún y en estos días previos al viaje, las he sentido tan desconocidas en el pecho, la angustia me golpea.

No sé si es un temor a las multitudes de los aeropuertos, a mi nueva identidad, a la palabra trasatlántico, no sé; algo me oprime el pecho. No tengo Rivotril, estoy sola sentada al lado de la ventana y con los asientos a mi lado vacíos.

Hace unos días estuve un poco mareada. Ahora mirando y leyendo (cuando me angustia tengo una compulsión por leer-escribir) todas las revistas, cartillas y el diario que el avión pone en el bolsillo de cada asiento, me encontré con esta bolsa que dice que puede ser usada para motion discomfort.

Eso es exactamente lo que siento. No me incomoda moverme, pero últimamente prefiero quedarme quieta y observar cómo se van moviendo las cosas a mi alrededor. Pero a veces hay que moverse, salir del encierro, de la madriguera e ir trepando montañas, dar infinitos pasos por corredores, cambiar de una sala a otra, correr, deslizarse en alguna cinta que nos ayuda a llegar más rápido, aeropuertos llenos de roedores.

Mi cabeza esta llena de movimiento, este quieta yo o me mueva, ella no deja de moverse y a veces quisiera pararla, cerrar los ojos y que todo se quede quieto, pero el movimiento tiene que ver con las palabras y sé que a ellas no las puedo parar. Circulan por mis venas, son la gelatina de mis tendones, sinoviales, baba lubricante de mis pensamientos.

Usar la bolsita para cuando haya motion discomfort

Intentaré ponérmela en la cabeza.. 

Ojalá quepa.











lørdag, juli 06, 2013

Garabato

Intuyo saber qué es lo que me pasa y por eso es que me quedo quieta mirando cómo esto que me pasa se sube a mi cama y se acuesta conmigo durante horas y días.

Quizá si alguien entrase a mi habitación y me viera ahora mismo me diría "Estás deprimida" y bueno, si escribo una lista como me lo recomendaba el psicólogo, podría ser que lo parezca, pero creo que sé bien que todo esto no es nada más que un proceso, un tránsito hacia otra cosa que eso sí, todavía no sé bien adónde me llevará.

A veces me veo a mí misma abriendo las cortinas y dejando que un poco de luz entre a mi cuarto y me digo "no está tan mal". El hecho de dejar que la luz entre a mi cuarto y haber dejado que él entrase a mi cuarto y poco a poco a mi vida, a la entrada de ella, indica que soy consciente de la apertura, del cambio, del tránsito, porque aunque aquí haya luz todo el día se pueden percibir las variaciones de intensidad, los matices de gris, las nubes y algo siempre me dice cuándo se acerca la noche, aunque yo quiera creer que no hay noche, aunque los turistas vengan aquí para ver el sol que nunca se pone, pero hay noche, sí la hay y sé muy bien distinguir ese tono de gris cuando todo oscurece.

Por la mañana tuve la intención de ir al centro y comprar un nuevo piercing para mi ceja izquierda, cambiar el elemento que me perfora, decorar el dolor con otro metal, quizá con una piedrecita que asemeje a un diamante. Llevar un diamante en mi ceja izquierda y convertirlo en parte de mis expresiones, cuando levanto las cejas por placer o arrugo el ceño por dolor y el diamante ahí, iluminando el espacio y trazando líneas de luz que escribirían todos mis gestos.

No es lo mismo llevar un diamante en la ceja que llevar un diamante en el dedo. Tengo solo uno que compré para mí misma hace algunos años para marcar una situación dolorosa. Lo llevo a veces en el índice y señalo claramente con el diamante dónde me duele, dónde radica mi dolor, a veces también lo llevo en el anular, el dedo inútil solo para mostrar el dolor que está ahí, decorarme con él y su brillo despierta preguntas, pero claro, nadie pregunta sobre el dolor, solo el tipo de diamante y si es oro blanco o plata.

Hoy me sangró la nariz y estuve un poco mareada. No puedo hacerle frente a mi sangre, solo cierro los ojos y voy al baño a buscar una toalla húmeda y no quiero ver las manchas en el piso o en mi camiseta. La sangre cesa y me calmo, el mareo sigue y creo que mi cuerpo está asustado, dudoso o confundido. La sangre y el mareo lo indican literalmente y en metáforas: mi cuerpo sangra y se tambalea (complete aquí las razones)

Cuando sangro me quedo quieta, pues tengo miedo de volver a sangrar otra vez, el mareo además reafirma esa tendencia a estar estática, sin embargo es en este estado en que mis pensamientos empiezan a dispararse y tengo que incorporarme, encender el computador y empezar a escribir. Todo se vuelve un poco más equilibrado y mientras voy escribiendo estas líneas, el mareo desaparece, la sangre seguramente vuelve a los capilares y encuentra el camino debido, fluye invisible ante mis ojos dentro de mí por todas mis venas y hace círculos alrededor de mis falanges que dejan que este texto salte en el teclado y salga en esta pantalla.

Hace días dije que algo cambiaría pues tomaría un avión y así fue. La sangre desbordada y la confusión indica el cambio. Ahora, además sé que tomaré un avión dentro de unos días y seguramente algo también cambiara.

Ya veremos.




mandag, juni 17, 2013

Siete días de encierro

Tengo casi la plena certeza de que mi vida va a cambiar en una semana.

Anoche no pude dormir pensando en eso, además, la luna estará muy cerca y cuando eso sucede, suelo perder tazas de cafe en el piso, amanezco entre sábanas hechas nudo, deliro, mi gato me pone a prueba y me abandona y a veces puede que sangre por la nariz.

Por estos días he ido acumulando una especie de "energía creativa" si es que así la puedo llamar. Tengo la cabeza como un nido de algo: de pajaritos, ratas o gusanos; algo se está formando, va a nacer pronto, me inquieta y al mismo tiempo, cuando quiero tomarlo, ese algo sigue moviéndose y se me escapa, me quedo con las plumas o las pelusas; tengo un cúmulo de ideas que se chocan ciegas unas con otras y van saliendo de un cascaron, babosas, y orinan y se cagan unas encima de otras y sé que de ahí va a salir algo caminado o volando, quizá reptando y dejando un pellejo detrás; pero algo va a salir. Lo difícil es sacar ese nido de mi cabeza, ponerlo sobre el escritorio, tomar las pinzas, sacar las larvas, los huevos e incubarlos entre mis manos y dejar que crezcan entre palabras.

También me he dado cuenta, que disfruto el encierro voluntario y los días de espera en silencio.

Hace unos días, veía un reportaje sobre las cárceles en Noruega y pensé que el encierro de esas cárceles   tenía mucha semejanza con mi propio encierro. Creo que podría encerrarme con libros, papel, lápiz, un poco de música y mi gato. No sé si pagaría condenas o purificaría mi alma, pero el encierro, de hecho me da una especie de seguridad en general que llega a convertirse en seguridad en mi misma. Durante el encierro, todo va bien porque no hay nada más que yo misma y lo que me rodea (la seguridad de los objetos). Durante el encierro no puedo sentirme más segura y autónoma que en cualquier otra parte. Me da una especie de balance el estar dentro de una habitación, con límites físicos, con un inventario propio de libros, con música, con la cantidad suficiente de comida que me aleje de salir a la calle a buscarla (podría ordenarla por internet) y mi gato, no importa si tengo nombre o número de identificación, pero la compañía es a veces necesaria para ser consciente de mi propia presencia en el mundo.

El encierro terminará dentro de una semana. Cuando la luna esté hinchada saldré de este nido y tomaré un avión.

(Volaré)




tirsdag, juni 04, 2013

Bevegelse og begavelse (movimiento y talento)


Esto se parece a lo de antes: estar sola y de pronto te pones de pie y te mueves sin saber que estás haciendo, solo te mueves. No sabes si estás bailando pero hay cierta música, o un ruido imaginado o la misma presencia del silencio, quizás no estés bailando sino escapando, yendo a algún lugar que no conoces y saltas, giras, andas eres consciente de tener caderas, piernas, antebrazos y muñecas; el cuerpo se sigue moviendo aunque tu no lo sepas como las colas de las lagartijas o las lombrices muertas y partidas en dos, solo te mueves.

Así me movía yo cuando me sabía a solas en casa y todos los movimientos que siempre he hecho estando a solas sin que nadie me vea, ni me escuche, ni se imagine que lo hago y cuando es así me ha dado la impresión de que lo hago bien o quizá sea un hecho de que sí, lo sé hacer.

Pero dónde reside el dominio de la danza, si en la soledad propia o  la amplitud de la casa o en la velocidad de los movimientos, avalancha de palabras, de qué se trata escribir, me pregunto, como cuando me movía en el cuarto y si de pronto era descubierta, entonces ya no era mi cuerpo moviéndose sino era un baile u otra cosa, alguien decía que me pilló bailando u otra cosa, yo solo me movía haciéndole caso al cuerpo y aquí con estas palabras, me muevo a solas y para qué, para quién, para nadie está claro, siempre para nadie.

Es cierto que hay gente que tiene talento con el piano, se ve en la postura, las muñecas, las falanges; con los ojos cerrados, se oye; pero cuando se escribe cómo y hacia dónde la postura y las falanges, me pregunto, cómo se oye, si es que se oye y esa palabra 'talentosa' tan densa e inmóvil. No hay talento, me digo; hay sí soledad y movimiento encerrado y nadie ahora va a abrir la puerta para decir que bailo aunque aquí yo siga moviendo cada parte de mi cuerpo en palabras y quizá las engrape, empaste, titule, regale y a lo mejor me digan que bailo cuando yo ya no lo sepa y esté quieta y quizá enterrada.

Quién nos enseña a mover el cuerpo: en el piso, en la cama, en los vehículos en marcha y las escaleras y quién le pone nombres a nuestros movimientos: si convulsión, galope, danza, traspié, orgasmo, cuál es la diferencia y qué hay en este texto si no mis convulsiones, danzas, galopes, traspiés y orgasmos a solas.

Muevo las manos, descanso, abro el cajón de la mesa de noche y observo la flor que brota y sigue brotando de una cajita de fósforos que antes atesoraba los ojos de un muerto.

Incesantemente-me-muevo-ciega-brotando-de-una-caja-hilo-vulnerable-invisible-y-los-ojos-de-todos.

Escribo.


torsdag, mai 23, 2013

Única


A todos los hijos únicos nos deberían dar en el limbo (el lugar de dónde mi abuela solía decir que estaban los bebés antes de nacer y a dónde volverían de no ser bautizados) un curso de cómo sobrevivir en el mundo lleno de gente.

Desde chico te llaman hijo único y tú te la crees porque todavía los diccionarios pesan más que tú y la adquisición del lenguaje no llegará de sus páginas, sino con las actividades ligadas al mantenimiento de tu cuerpo: dormir, bañarte, comer, cambiarte de ropa o pañales, bañarte, andar. (El descubrimiento sexual llega más tarde y siendo hijo-a único y si  este despertar te coge –literalmente- sin diccionario estarás jodido por el resto de tu vida, como yo).

Bueno.

En ese curso nos deberían decir que no somos únicos, que tal cosa no existe.  Nos deberían llevar a hacer excursión por los grandes mercados y ver que hay tallas únicas que en realidad es una talla que se prostituye y deforma para todos los cuerpos. También modelos únicos que se venden por docenas en todos los puestos.  

Después del mercado, nos deberían poner a ver los anuncios de la tele: precios únicos, ofertas únicas, seguros únicos (y así en plural, así nos agarran de giles a los únicos) y que nos cuenten que también hay seguros de vida únicos que son los más baratos y si te mueres en la vía, el seguro es tan único que probablemente no te pagará el entierro ni la repatriación como si uno tuviera patria.

Así, entonces no andaríamos por el mundo creyendo que somos únicos y si más tarde nos dicen “eres la única y cómo no creer en el amor” (canción de Luis Angel que es como comer  un min pao de frejol colado en el barrio chino, lleno de chantilly rosada made in el mercado central al frente, con la más selecta crema de leche Enci) entonces no nos vayamos a creer el cuento y cuando luego de algún tiempo nos dejen por un nuevo hermano, un nuevo trabajador, una nueva musa o una nueva esposa, nos vayamos más tranquilos y sin menos rabia al bar más cercano.

También, en ese curso nos deberían entrenar a sobrellevar los celos. Sí. Levantándonos la autoestima pero sin engañarnos y hacernos creer que somos irremplazables, necesarios y únicos. No lo somos, siempre habrán otras versiones alternativas (mejoradas o no) ante los ojos del otro, que también tengan blogs, hagan dibujitos y escriban poemas como tripas que eso no nos hace especiales. Somos totalmente reemplazables, cambiables, moldeables como las tallas únicas de lycra y le dirán a las otras que también son únicas y si han sido hijas únicas van a escribir un texto como este en un diario, en una pared o en un blog.

En días como estos es que salgo a buscar a mi evil twin, a mi doppelänger, a mi doble (ya saben que pasa si uno se encuentra con su doble, no?) que siempre sé que ha estado allí aunque haya sido hija única hasta los 26, aunque haya bloqueado su presencia y ella haya bloqueado la mía para poder sobrevivir.

Este texto es como un hijo único (que no lo es, ni lo fue, ni existe) en una rabieta en medio del mercado.